Estás desconectada
En los viajes Mujeres Nuru no solo importa el destino.
Importa cómo se vive el camino, con quién se comparte y todo lo que sigue transformándose en ti cuando el viaje termina.
Fuera de los circuitos turísticos
Grupos reducidos, afinidad real
Un viaje que continúa al volver
Diseñamos rutas alejadas del turismo de masas, con tiempo para estar y no solo para ver.
Eso te permite bajar el ritmo, salir del ruido y vivir cada lugar de una forma más real y más presente.
Viajamos en grupos reducidos de mujeres que se encuentran en momentos vitales similares.
Eso hace que te sientas comprendida, más libre para mostrarte tal y como eres y más acompañada en lo que estás viviendo.
Cada viaje forma parte de un proceso más amplio. Lo que vives durante el camino no se queda en una experiencia intensa, sino que te ayuda a tomar decisiones y a hacer cambios reales cuando vuelves a tu vida.
En los viajes Mujeres Nuru no solo importa el destino.
Importa cómo se vive el camino, con quién se comparte y todo lo que sigue transformándose en ti cuando el viaje termina.
Fuera de los circuitos turísticos
Diseñamos rutas alejadas del turismo de masas, con tiempo para estar y no solo para ver.
Eso te permite bajar el ritmo, salir del ruido y vivir cada lugar de una forma más real y más presente.
Grupos reducidos, afinidad real
Viajamos en grupos reducidos de mujeres que se encuentran en momentos vitales similares.
Eso hace que te sientas comprendida, más libre para mostrarte tal y como eres y más acompañada en lo que estás viviendo.
Un viaje que continúa al volver
Cada viaje forma parte de un proceso más amplio. Lo que vives durante el camino no se queda en una experiencia intensa, sino que te ayuda a tomar decisiones y a hacer cambios reales cuando vuelves a tu vida.
Kenia no fue mi primer viaje.
Pero fue el primero en el que entendí que viajar podía ser algo mucho más profundo…
Íbamos a recorrer el país como parte de un viaje en grupo, con otras personas a las que no conocíamos, siguiendo un itinerario organizado, como tantas otras veces.
Pero por una casualidad —de esas que cambian todo sin avisar— acabamos viajando solos: dos personas y quien nos acompañaba en la ruta.
Fue entonces cuando nos propuso algo inesperado: salirnos del circuito previsto y acercarnos a lugares a los que normalmente los grupos no llegan.
Nunca olvidaré la llegada a un poblado masái.
Entrar en sus casas, construidas con barro y excrementos de animales.
Sentarnos con una familia.
Compartir tiempo, miradas y gestos, sin apenas palabras.
Observar a los niños, su manera de estar, de acercarse, de reírse con todo el cuerpo.
Mientras grababa con la cámara, sin pensar demasiado en ello, los niños empezaron a acercarse, atentos a cada movimiento.
La curiosidad lo llenaba todo.
Cuando se vieron reflejados, no se reconocían a sí mismos, pero sí a sus hermanos, a sus primos, a los otros niños del poblado.
Se señalaban, se reían, tocaban la imagen como si fuera algo mágico.
Yo estaba allí, mirándolo todo, con un nudo en la garganta.
Por primera vez no me sentía visitante. Me sentía presente.
Ese mismo día, hablando con el jefe del poblado, nos contó que aquel año había sido especialmente bueno porque los cocodrilos solo se habían llevado a un niño de la comunidad.
Aquella frase, dicha con absoluta naturalidad, puso mi vida entera en perspectiva de un golpe.
Aquella noche, ya en el hotel, lloré.
No de tristeza.
Lloré de emoción y de miedo.
Miedo a no volver a sentir nunca más algo así viajando.
Al día siguiente me fui de África con la sensación muy clara de que algo importante se quedaba allí.
Y aunque durante muchos años seguí viajando de otras maneras, ese recuerdo no se movió.
Se quedó dentro, esperando.
Aquel momento fue una semilla importante.
De una vivencia que dejó huella y que, con el tiempo, fue dando forma a mi manera de entender el viaje.
Kenia no fue mi primer viaje.
Pero fue el primero en el que entendí que viajar podía ser algo mucho más profundo…
Íbamos a recorrer el país como parte de un viaje en grupo, con otras personas a las que no conocíamos, siguiendo un itinerario organizado, como tantas otras veces.
Pero por una casualidad —de esas que cambian todo sin avisar— acabamos viajando solos: dos personas y quien nos acompañaba en la ruta.
Fue entonces cuando nos propuso algo inesperado: salirnos del circuito previsto y acercarnos a lugares a los que normalmente los grupos no llegan.
Nunca olvidaré la llegada a un poblado masái.
Entrar en sus casas, construidas con barro y excrementos de animales.
Sentarnos con una familia.
Compartir tiempo, miradas y gestos, sin apenas palabras.
Observar a los niños, su manera de estar, de acercarse, de reírse con todo el cuerpo.
Mientras grababa con la cámara, sin pensar demasiado en ello, los niños empezaron a acercarse, atentos a cada movimiento.
La curiosidad lo llenaba todo.
Cuando se vieron reflejados, no se reconocían a sí mismos, pero sí a sus hermanos, a sus primos, a los otros niños del poblado.
Se señalaban, se reían, tocaban la imagen como si fuera algo mágico.
Yo estaba allí, mirándolo todo, con un nudo en la garganta.
Por primera vez no me sentía visitante. Me sentía presente.
Ese mismo día, hablando con el jefe del poblado, nos contó que aquel año había sido especialmente bueno porque los cocodrilos solo se habían llevado a un niño de la comunidad.
Aquella frase, dicha con absoluta naturalidad, puso mi vida entera en perspectiva de un golpe.
Aquella noche, ya en el hotel, lloré.
No de tristeza.
Lloré de emoción y de miedo.
Miedo a no volver a sentir nunca más algo así viajando.
Al día siguiente me fui de África con la sensación muy clara de que algo importante se quedaba allí.
Y aunque durante muchos años seguí viajando de otras maneras, ese recuerdo no se movió.
Se quedó dentro, esperando.
Aquel momento fue una semilla importante.
De una vivencia que dejó huella y que, con el tiempo, fue dando forma a mi manera de entender el viaje.
Mi vida era como se suponía que tenía que ser.
Estudié Empresariales y trabajé en una multinacional, con un puesto estable, bien valorado y con un camino profesional claro por delante.
Desde fuera, todo tenía sentido.
Desde dentro, no.
Sentía que mi vida avanzaba en automático.
Que tomaba decisiones razonables, pero no propias.
Que cumplía, encajaba y funcionaba, mientras por dentro algo se iba apagando poco a poco.
Viajar era el único espacio donde eso se rompía.
En los viajes aparecía otra forma de estar: más viva, más despierta, más conectada con lo que de verdad me importaba.
Durante mucho tiempo convivieron esas dos vidas:
la que sostenía por inercia y la que se abría cada vez que me movía del sitio conocido.
Hasta que llegó un punto en el que ya no fue posible seguir separándolo todo.
Entendí que no quería seguir viajando solo para escapar unos días, sino construir una vida y un proyecto alineados con esa manera de mirar, de sentir y de decidir.
En ese mismo proceso empecé a buscar respuestas más allá del viaje.
Quería entender qué me estaba pasando y por qué me sentía así.
Esa búsqueda me llevó a formarme en coaching y PNL, primero como una forma de entenderme mejor a mí misma y poner orden a todo lo que estaba viviendo.
Con el tiempo, ese aprendizaje se convirtió también en la base desde la que hoy acompaño..
Mujeres Nuru nace de ahí.
No de un plan perfecto, sino de un proceso honesto.
De dejar de adaptarme a lo que no era para mí y empezar a construir una vida con sentido propio.
Mi vida era como se suponía que tenía que ser.
Estudié Empresariales y trabajé en una multinacional, con un puesto estable, bien valorado y con un camino profesional claro por delante.
Desde fuera, todo tenía sentido.
Desde dentro, no.
Sentía que mi vida avanzaba en automático.
Que tomaba decisiones razonables, pero no propias.
Que cumplía, encajaba y funcionaba, mientras por dentro algo se iba apagando poco a poco.
Viajar era el único espacio donde eso se rompía.
En los viajes aparecía otra forma de estar: más viva, más despierta, más conectada con lo que de verdad me importaba.
Durante mucho tiempo convivieron esas dos vidas:
la que sostenía por inercia y la que se abría cada vez que me movía del sitio conocido.
Hasta que llegó un punto en el que ya no fue posible seguir separándolo todo.
Entendí que no quería seguir viajando solo para escapar unos días, sino construir una vida y un proyecto alineados con esa manera de mirar, de sentir y de decidir.
En ese mismo proceso empecé a buscar respuestas más allá del viaje.
Quería entender qué me estaba pasando y por qué me sentía así.
Esa búsqueda me llevó a formarme en coaching y PNL, primero como una forma de entenderme mejor a mí misma y poner orden a todo lo que estaba viviendo.
Con el tiempo, ese aprendizaje se convirtió también en la base desde la que hoy acompaño..
Mujeres Nuru nace de ahí.
No de un plan perfecto, sino de un proceso honesto.
De dejar de adaptarme a lo que no era para mí y empezar a construir una vida con sentido propio.
Si algo de lo que has leído te ha hecho parar un momento, quizá no sea casualidad.
He creado una guía sencilla para ayudarte a identificar si estás viviendo un momento de desconexión vital y entender qué hay detrás de esa sensación.
Es un primer paso claro para reconocer señales, tomar perspectiva y empezar a ver con más honestidad en qué punto estás.
Puedes descargarla gratuitamente y recorrerla a tu ritmo.
Es un primer paso claro para reconocer señales, tomar perspectiva y empezar a ver con más honestidad en qué punto estás.
Descarga esta guía gratuita y entiende qué hay detrás de esta sensación de vacío o desconexión.